Hoy hace 3 años que Charlélie y yo nos dimos el primer beso, en una habitación de piso de estudiantes de Päivänpaiste, en Turku, durante nuestro intercambio Erasmus en Finlandia. Ese día, jamás nos hubiéramos creído que exactamente 3 años después estaríamos en Gyeongju, una pequeña ciudad de Corea del Sur, durante un viaje alrededor del mundo.
Gyeongju no tiene más de 270.000 habitantes, así que no hay ni rascacielos ni grandes avenidas. Sin embargo, hay bastantes hotelitos porque es una ciudad con actividad turística. Nuestro alojamiento es un albergue para jóvenes agradable y barato que encontramos por casualidad. Estaremos aquí 3 noches antes de volver a Seúl para seguir descubriendo Corea.
Hay 193 países en el mundo, si no me equivoco. Esos países tienen, lógicamente, una bandera. Pues lo curioso es que sólo una de esas banderas, entre todas las opciones que hay, está hondeando en una de las farolas de la calle del albergue, justo a dos metros de la puerta: la bandera de Finlandia. La bella y gélida Finlandia que me hizo encontrar al francesito que venía de una isla tropical… Y que me ha hecho tan feliz todo este tiempo.
Después de una semana en la potente Shanghái, cogimos un tren cama para ir a Xi’an. Ir directamente a Pekín nos parecía perder la oportunidad de movernos libremente por China y de ver una de las paradas turísticas obligadas del país: la Armada de Terracota.
En el tren conocimos a Santiago, un cocinero colombiano que cambiaría nuestra forma de viajar, dado que hasta el momento no habíamos prestado la debida atención a la comida de los países que estamos visitando. Durante los días que compartimos con él hablamos de gastronomía y de muchas otras cosas, siempre sentados alrededor de una mesa. Santiago nos hizo salivar con sus descripciones de alimentos y recetas, nos hizo oler el humillo que sale de las cocinas de todo el mundo, nos hizo visualizar platos de ingredientes brillantes. Pero tenemos que echarle la culpa públicamente por todo lo que estamos sufriendo ahora, cada vez que comemos fideos de sobre o latas de conserva para no salirnos del presupuesto del viaje!! Gracias Santiago por enseñarnos tantas cosas, te deseamos lo mejor en tus proyectos.
Para ir de Xi’an a Pekín volvimos a coger un tren cama, probablemente el último de lo que queda de viaje (en EEUU nos moveremos en autobús y en Sudamérica el tren no se estila). Me encanta que los trenes en China se me vayan a quedar como la imagen del apartado de “viajes en tren” durante esta vuelta al planeta. Ni me molesto en intentar compararlos con los trenes podridos-cucaracheros de la India. La diferencia es un mundo entero. Las camas son bastante cómodas y te dan sábanas, edredón y una almohada, así que se duerme bastante bien. Los baños están muy limpios y la comida que sirven no está mala. Además, como en China ni dios se atreve a decir que no se puede fumar en algún sitio (a los chinos les luce más fumar cuando hay una señal que lo prohíba), te puedes sentar en el vagón restaurante y fumar mientras charlas, para que 14 horas de viaje no se le hagan interminables a los adictos a la nicotina.
Me alegro mucho de que Pekín haya sido la última parada en nuestro periplo por China. Mucha gente hace al revés, vuela a Pekín y desde ahí baja hasta Hong Kong pasando por Shanghái. Pero pienso que después de tanto rascacielos y cosas modernas, la mejor forma de dejarte ese gusto a “China” de verdad es terminar por su capital. Pekín puede ser un buen resumen de China, porque mezcla lo tradicional, la China de pagodas y bonsáis que nos imaginamos en Europa, con lo más moderno de cualquier ciudad importante del mundo. Una de las visitas más populares es La Ciudad Prohibida, que tiene un paseo precioso (y muy largo, porque es enorme!) entre callejuelas color granate y tejados cuyas esquinas terminan hacia arriba. Si no te quieres cruzar con millones de turistas, hay que ir muy temprano para disfrutar durante varias horas de su grandeza.
Nuestro último día en China estuvo dedicado a lo más típico, quizás también lo más obligado, de cualquier viaje a este país: la Gran Muralla. Fuimos a una zona con muy pocos turistas, a dos horas y media de Pekín. Durante toda la mañana nos pateamos un buen trecho de la muralla, contemplando unos paisajes espectaculares y todo lo impresionante que es estar caminando sobre la Gran Muralla de China, la misma que fue construida hace varios siglos y la misma que se ve desde el espacio… Una experiencia genial.
Me ha gustado esta etapa del viaje, no me esperaba que este país me fuera a atraer de esta manera. Ha sido una buena introducción a China, en total 20 días muy interesantes, antes de pasar a Corea del Sur como nuestro último destino en Asia. Prometo poner noticias más a menudo!!
*La Luna de Asia pide disculpas por la utilización de ciertas palabras malsonantes que podrían no agradar al lector.
Hoy me han mandado este vídeo, en el que un profesor habla sobre un tal “Modelo Parasitario Chino de Expansión Económica”, y me han venido varias preguntas a la cabeza:
- ¿Cuántas veces ha estado este profesor en China?
- ¿Los chinos son todos iguales? Si son 1.300 millones de personas, decir que sí es una respuesta tan difícil como estúpida.
- ¿Es que los chinos y China son lo mismo?
- ¿A cuántos chinos, aparte de en restaurantes y en la tienda de la esquina para comprar tabaco, ha conocido este señor?
- ¿Este profesor de Economía ha estudiado Economía?
Para empezar, muchos de los chinos que vienen a Europa o Estados Unidos (los que están en las tiendas chinas o en los restaurantes) son gente que ha sido reclutada por las mafias chinas. Y las mafias (como la mafia italiana, la mafia rusa…) no conocen de nacionalidad, sólo de mafia.
Tengo la impresión de que el discurso de moda se trata de echarse las manos a la cabeza porque los chinos se están "apropiando" de África. Pero hay que tener en cuenta una cosa muy importante, que es que los africanos no son tontos. Para África, hacer negocios con China es de lejos mucho más rentable que hacer negocios con Europa, si no, no los harían. En primer lugar porque los chinos cumplen a rajatabla los términos de sus contratos, desde la duración hasta los medios utilizados. En segundo lugar, vistos los últimos 150 años, no creo que a los africanos les siga apeteciendo tener relaciones con Europa después de cómo se les ha tratado tanto en la misma África como en territorio europeo. Los chinos han llegado con otro tipo de condiciones, y si son mejores, entonces la culpa es sólo nuestra. Es como el dicho ese de "aquí o follamos todos o la puta al río". Si hemos violado a África hasta la saciedad (es el único continente del mundo que es más pobre que hace 20 años) como si fuera nuestra prostituta, no podemos esperar que nosotros seamos su único chulo toda la eternidad. El problema (para nosotros, claro) viene cuando otro le da oportunidades de "dejar la calle". Es ahí cuando nos mosqueamos y apelamos a que China es una dictadura comunista y que nosotros somos los ángeles del desarrollo y la democracia, las monjitas del mundo extendiendo la solidaridad y la igualdad. Vaya un pijo. Hemos exprimido a "los negritos" a más no poder.
No estoy defendiendo a la China comunista, que es una dictadura, un régimen duro, porque nunca podría estar a favor de ningún sistema que limitara la libertad de las personas y que las oprimiera cuando pensaran por sí mismas. Y es que es eso: la gran mayoría de los chinos no piensan por sí mismos en el tema de la política. Hay que tener en cuenta que la información que reciben está súper filtrada y no se enteran de la mitad de cosas que pasan tanto dentro como fuera de su país. La gente de a pié no tiene una opinión bien formada sobre su gobierno, y la mayoría no habla de eso no sólo porque tengan miedo, sino porque directamente no saben. China es un país en vías de desarrollo que se está desarrollando de verdad a pasos agigantados. Lo que no podemos hacer tampoco es rasgarnos las vestiduras y gritar que es un país que viola los derechos humanos sólo porque le tenemos miedo, cuando hay montones de países que lo hacen y nos da igual (o hasta les ayudamos, por ejemplo, en 2007 España le vendió a Gadafi, otro dictador, bombas de racimo que un año después fueron prohibidas por la comunidad internacional - Fuente: El País).
Esto se parece al inicio de otra Guerra Fría, en algunos puntos, muy parecida a la que ya tuvimos. Otra vez occidente acojonado con el Comunismo. Y lo que no nos damos cuenta en Europa, desde que empezó la crisis (la financiera, la inmobiliaria, la del euro…), es que el que nos da por culo es nuestro propio compañero de habitación, mientras dormimos y sin que queramos darnos cuenta: Estados Unidos. Allí están todos los especuladores que empezaron con aquellas “hipotecas basura” que nadie comenta ya, las cuales fueron el inicio de la jodienda financiera, y que ahora están atacando a la moneda única. Ya han tumbado 3 países, y en teoría España sería la cuarta (aunque la cosa no parece ser tan seria en el caso de nuestros vecinos). Para que luego los “PIGS” (“cerdos” en inglés – Portugal, Ireland, Greece and Spain) seamos nosotros. Y entonces seguimos de la manita del Cerdo Mayor USA para que nos arrastre con él al agujero en el que se está cayendo.
Sin embargo, puede parecer que yo le estoy echando las culpas a Estados Unidos (aunque de verdad tengan bastante), de la misma forma que catastrofistas como este supuesto profesor de economía le está echando las culpas a China. A quien hay que dar una parte del porcentaje de culpa también es a Europa: no nos estamos poniendo las pilas. Estamos alargando demasiado la cara de “pasmaos” ante el peligro, en vez de armarnos de valor y hacer cosas que puedan verdaderamente cambiar el asunto. En el caso particular de España, ayer mismo leía un artículo que hablaba del “enraizado pesimismo en la cultura española”: nos encanta el drama y la exageración. Y ese pesimismo va de la mano de una vagancia colectiva que no nos puede traer nada bueno, con los famosos "la culpa es de ellos", o "que lo hagan otros". No nos estamos dando cuenta de que ese catastrofismo nos pudre por dentro y luego damos imagen de podridos a los de fuera (quién va a invertir y confiar en España entonces!!??).
Como dice el Charlie, después de exponer una opinión también hay que proponer soluciones. Hay que leer más para tenerle menos miedo a China o tener menos miedo al futuro en general. Él nos propone que leamos un periódico europeo on-line: http://www.presseurop.eu/es, o “el Mundo Diplomático” de este mes de abril. Ahí lo dejo. Porque el mundo es mucho más grande y complejo que el gobierno de Zapatero o los chinos comunistas malos.
Impresionante. Shanghái es una ciudad de la que no se puede decir menos. Con casi 20 millones de habitantes, hace falta mucho más que una semana para saborearla bien. Por toda la ciudad circula un aire particular, como si todo lo nuevo, las últimas tendencias, lo más actual, pasara antes por allí para después expandirse por el resto del mundo. Es por eso que Shanghái tiene muchas papeletas para convertirse en la nueva capital del mundo. Y la bomba ya ha empezado a explotar.
Miles de rascacielos y edificios modernísimos, un metro interminable y magnífico, miles de tiendas, restaurantes, clubs, museos, cafés… Es una ciudad que no duerme nunca. No tiene el agobio de Hong Kong y no hay ni rastro de la China tradicional como en Pekín. En Shanghái se respira elegancia y vida, y aunque es muy, muy internacional, tiene ese retrogusto a Asia que te hace caer rendido a sus pies. Shanghái es el ejemplo ilustrado de cómo China está creciendo a pasos agigantados. Cada año llegan 500.000 nuevas personas a la ciudad, lo que puede hacer sospechar la magnitud del plan urbanístico de Shanghái: una verdadera locura.
Shanghái puede hacerte olvidar que sigues en China, y que China es un país comunista. Definitivamente esa no es la idea que tenemos en occidente del comunismo, que más bien nos hace pensar en edificios grises y arquitectura de los años 70, coches oxidados y ushankas (gorros rusos de piel). Pero Shanghái es China, y allí, por ejemplo, comprarse una casa no significa tener una propiedad de por vida. Se trata de una especie de contrato de 90 años de duración tras la compra de un piso, por lo que no se podrá pasar la casa a los hijos (mejor dicho, “el hijo”, porque Shanghái no se libra de la política de un solo hijo). Antes de que se cumplan los 90 años habrá que vender la casa, y si por cualquier causa el Gobierno decide tirar el edificio (por ejemplo para poner una carretera), no hay indemnización ninguna. En resumen, en China, cuando te compras una casa, no termina de ser tuya del todo…
Shanghái es una ciudad tan nueva, que parece que casi no le han quitado el envoltorio todavía. Hay cosas con las que en Europa no podemos ni soñar, véase un metro acojonante o un tren de levitación magnética (llamado MagLev) que une el aeropuerto internacional con el centro de la ciudad en 7 minutos sobre unos raíles imantados, y que alcanza una velocidad de 431 kilómetros por hora. Ni que decir tiene que está tan limpia que reluce.
Para ser sincera, es una ciudad que te deja sin aliento. Como buena cartagenera, después de un par de días alucinando con Shanghái me vino a la cabeza una frase típicamente aladroque: “Adiéh con los chinos”. Cualquier catastrofista español diría: “¿Qué estamos haciendo mal?”. La respuesta es fácil: que nosotros no estamos haciendo nada, y que los chinos están haciendo mucho. Y de esta frase se pueden sacar muchas conclusiones…
Todo empezó en Singapur. Salimos de fiesta con Ericia y TCJ por una de las calles de bares y pubs más conocidas de la ciudad. Ahí me dí cuenta de que carecía totalmente de elegancia. Yo allí era, junto con el pestoso olor de los durians, la cosa menos “chic” a la vista.
Después, en Hong Kong, la cosa siguió empeorando. Las chicas llevan preciosos vestidos y altísimos tacones que hacen resaltar mis pantalones convertibles en cortos de múltiples bolsillos y mis horribles zapatones, todo de Quechua. Básicamente voy vestida de Decathlon, pero con el olorcillo que sugiere que me lavo la ropa a mano.
En Shanghai, lo de mi imagen ya es el copón. Mi polar gris hace juego con el asfalto y el horrososo chaquetón que me tuve que comprar en Hanoi me está dos o tres tallas grande, lo que elimina cualquier curva en mi figura. De lejos, parezco un muñeco michelín con poco gusto y tiritando de frío. Tampoco es que haya muchas curvas que mostrar, porque me quedé raquítica en la India, pero lo recuperé todo en Kuala Lumpur, y aunque gané kilos extra en la capital malaya, lo volví a perder todo en Vietnam. Resultado, un imperdible en la cintura del pantalón para que no se me escurran, porque estoy esquelética.
Tengo el pelo súper largo ya, hacía años que no lo tenía así. Pero las puntas están abiertas y rojas de lo quemadas que están, y como tengo tantísimo volumen, la solución es llevar un antiestético moño. Todos los días. Todos los días el mismo moño, el mismo pullover, los mismos pantalones, y los mismos zapatos. Así que si alguien se pregunta por qué en mis fotos cambia el fondo pero yo sigo exactamente igual, ¡¡ahí tiene la respuesta!!
Sin embargo, debo decir algo. Sólo se puede elegir una entre dos cosas: cambiar de ropa cada día y quedarse en el mismo lugar, o cambiar de lugar cada día y quedarse con la misma ropa. Y yo he elegido la segunda. Lo prefiero así.
Pasamos de Hong Kong a la China propiamente dicha sin problemas. Cogimos un tren desde HK hacia la provincia de Guangdong, para ir a Guangzhou, una de las ciudades más grandes de China. El número de habitantes de esta provincia es dos veces la población de España, así que ya podemos decir que estamos en el país más poblado del mundo. Sin embargo, China me ha sorprendido en ese aspecto. Me imaginaba mucha más gente, es decir, agobio entre miles de personas. Pero incluso con 1.200 millones de personas, parece estar “despejada”. Es un país tan grande que hay sitio para todos.
Nos quedamos una noche en Guangzhou para al día siguiente coger el autobús hacia Xiamen, a 9 horas de distancia. La carretera era de buena calidad y dormimos durante la mayoría del viaje. Cuando llegamos a Xiamen empezamos a preguntar por una habitación en varios hoteles, pero o estaban completos o no aceptaban extranjeros (esto pasa bastante en China). Al final dimos con un hotelito en el que nos atendieron muy bien pese a que nadie hablaba una sola palabra de inglés. Después de 5 días en Xiamen, nunca supimos el nombre de nuestro hotel, porque estaba escrito en caracteres chinos…
Xiamen en una pequeña ciudad (“sólo” 3 millones de habitantes) situada en la costa este de China, enfrente de Taiwán. Ha sido elegida como la segunda mejor ciudad para vivir de todo el país. Y no me extraña porque es muy agradable, y aparte, la economía va muy bien. La primera impresión al llegar es que todo está súper limpio y bien cuidado. A mí personalmente, me parece que Xiamen vive en un perpetuo domingo, porque es tranquila, no hay mucho tráfico y siempre hay gente paseando por las calles. Xiamen es una ciudad chula. Se podría decir que tiene ese estilo de las ciudades alemanas, con arquitectura moderna, jardines perfectamente cuidados y un magnífico servicio de transporte público. La Universidad de Xiamen es una locura: un lago precioso rodeado de césped donde los estudiantes pueden sentarse para leer o hacer taichí, y edificios modernos inspirados en pagodas antiguas.
La vida en Xiamen (y sobre todo sus precios) indican que la prosperidad está de paso por la zona, pero no de forma bestia, sino como si la ciudad estuviera cuidando los pequeños detalles. Dicen que podría convertirse en la nueva Hong Kong. Precisamente son los precios lo que nos ha pillado por sorpresa. China ya no es un país tan barato como de costumbre. Los hoteles, los restaurantes… Todo ha subido. Incluso si sigue siendo más barato que Europa, veníamos locos y con carrerilla desde Vietnam, donde se pagan cantidades ridículas. Y nos estampamos con una China de precios bastante altos.
En el año 2009 salario mínimo en China aumentaró en un 40% de media, y se espera que aumente un 20% al año en los próximos 5 años. Ojo al dato (porque es un dato muy importante!). Éste es el motivo por el que algunas empresas extranjeras están dejando China para irse a Vietnam, donde los sueldos siguen siendo muy bajos.
Por lo general, los chinos son simpáticos. En Xiamen la gente sigue mirando con curiosidad a los occidentales, y más cuando se pasea fuera del centro turístico. Parecen más tímidos, o puede que sea porque no hablan inglés, pero no te paran por la calle y no te hablan “porque sí”. La verdad es que van a su bola, y eso… se agradece. Me he dado cuenta de dos cosas que los chinos hacen continuamente: escupir y fumar. Cuando hablo de escupir, no es sólo el hecho de lanzar el gargajo por la boca, sino que éste viene precedido por una intensa expectoración, acompañado por el “cautivante” sonido que ello implica. Y cuando hablo de fumar, es que China es el país con mayor número de fumadores del mundo: hay 350 millones de fumadores en este país, un 36% de la población. Esto significa que la tercera parte de todos los cigarrillos del mundo son para los chinos. Son realmente adictos. Las señales de “prohibido fumar” es como si no existieran, porque cuando un chino quiere fumar, pues fuma. Así por ejemplo, el minúsculo WC de los transportes de larga distancia ya no apesta a orina como en la India, sino a cigarrillo. No pueden aguantar sin fumar hasta el punto que son capaces de meterse en medio metro cuadrado sin apenas ventilación para darle cuatro caladas a un pitillo.
Después de Xiamen un vuelo nos llevará a Shanghai, que con sus más de 19 millones de habitantes, es la ciudad más pobladade toda China y uno de los centros más importantes del mundo…