jueves, 10 de marzo de 2011

No más “tourists” por favor!!


Esta es una proposición para que algún organismo internacional promulgue alguna ley que prohíba a cierto tipo de anglófonos salir de sus países con motivo de “turismo”. La razón principal es que esta clase de turistas, en particular ingleses y americanos, han creado una inflación de precios en todos los lugares que antaño era susceptibles de ser visitados. Pobreticos, con lo entrañables que son con sus chanclas y sus bermudas, colorados como tomates. Pero hay que pararlo.

Unos cuantos ejemplos, bien conocidos por todos, son suficientes como motivo. Y no es que su moda extraña “calcetín-sandalia” nos moleste. Tampoco nos importa que no hagan ningún esfuerzo por aprender otros idiomas. Incluso nos hace gracia que les guste tanto la fiesta. Pero veamos algunas de sus fechorías macroeconómicas:

- La República Checa tiene una de las mejores cervezas de todo el mundo. En su capital, Praga, puedes tomarte una pinta por 0’50€. Pero no, los turistas anglófonos prefieren ir a un pub irlandés (que ni está regentado por alguien de Irlanda ni nada) a beberse una Guiness a 4€. Resultado, las cervezas en el centro de Praga ahora cuestan el triple.

- Que alguien me diga cuántos barceloneses han sido timados en las Ramblas en el juego ese de encontrar la bolita entre los tres vasos. De hecho, la mayoría se preguntarán cómo es posible que algo así exista, porque se ve a la legua que es un timo. Bien, miles de turistas anglófonos siguen perdiendo una pasta cada año. Resultado, tantos billetes a la vista ha hecho que las tapas en el centro de Barcelona estén a precio de oro.

- En su afán por seguir al pié de la letra las guías de viaje (en particular la anglófona Lonely Planet), estos turistas han creado un importante desequilibrio entre los bares y restaurantes recomendados y aquellos que no están citados en sus páginas. Resultado, los recomendados han aumentado de precio y los no recomendados intentan subsistir como pueden.

Si alguno de vosotros se encuentra con un turista anglófono, por favor, que lo detenga. Explicadle antes de nada que debe ponerse crema solar, que el sol es vida pero que también abrasa la piel. Segundo, decidle que gracias a él y al resto de sus compatriotas, los turistas no anglófonos están dejándose el dinero tontamente. Basta ya.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ay... Pájaro!

A lo largo de todos los viajes de lo que llevo de mi vuelta al mundo he visto centenares de paisajes y animalillos diferentes: los bosques tropicales y las tortugas de la Isla de la Reunión; playas de agua turquesa y peces de colores en la Isla Mauricio; calles polvorientas, miles de palmeras y cucarachas en la India; jungla de cristal, rascacielos y mosquitos en Malasia y Singapur; campos de arroz, montañas forradas de árboles y un cerdo viajando en el asiento trasero de una moto en Vietnam.

Pero hasta ahora no me había fijado en algo que está por toda Cartagena, por toda España, por toda Europa y por todo el mundo: los gorriones. Si hay un pájaro inteligente y ágil, ése es el gorrión. Si ahora te asomas por tu ventana, probablemente verás uno posado en un cable eléctrico o robándole una miga de pan a una de esas bobas palomas. Con un vuelo rápido y muy calculado, van de tejado en tejado analizando el terreno. Si se paran en la barandilla de tu balcón, dan un par de saltitos y se te quedan mirando fijamente, ladean la cabeza para intentar comprenderte y enseguida salen volando de nuevo. Ya te tienen fichado. Y tú te das cuenta de que los gorriones saben muchas cosas, cosas que tú no podrás entender nunca.

Mi abuelo Fernando tenía un gorrión que comía de una esquinita de su plato de paella y luego se le subía encima del hombro. Me encantaría poder contarle que los gorriones en Vietnam son igual de listos que en Granada, pero que aquí tienen los ojos ligeramente rasgados…

Can Tho y Dalat - Hacia el norte de Vietnam


Después de una semana en Saigón (más tiempo del que habíamos planeado!) decidimos ir hacia el sur, para visitar sólo por tres días la ciudad de Can Tho – pronunciado “Kan Há”. Este sitio se encuentra a las orillas del Delta del río Mekong, tiene 1 millón de habitantes y es por tanto mucho más tranquila que Ho Chi Minh. Fue muy agradable caminar por el paseo a orillas del río, con varios bares, bancos para sentarse y ver pasar las barcas de pescadores, y por supuesto, jardines perfectamente cuidados. En Can Tho conocimos a otro familiar de Charlie, el tío Thanh, que nos llevó a un restaurante súper bonito. Thanh hablaba un poquito de inglés, así que más o menos pudimos comunicarnos con él. Había invitado a dos colegas de su trabajo, los cuales no hablaban nada de inglés, pero la mímica y las sonrisas siempre pueden hacer que una velada transcurra de forma excelente.

El último día en Can Tho, nos levantamos a las 5:30 de la mañana para ir al mercado flotante. Alquilamos una motillo en el hotel (bueno, más bien el recepcionista nos dejó su propia moto), y fuimos hacia la zona donde debía estar el mercado, aunque no estábamos muy seguros, pero la encontramos sin problemas. Normalmente para ver el mercado flotante hay que ir con uno de esos barcos para turistas, pero a nosotros no los gustaba ese plan. Así que nos paramos en una de las casas que hay a orillas del río, y le preguntamos a un hombre – otra vez con más mímica que palabras – si nos llevaba en su barca para dar un paseo por el río. Acordamos el precio en un papel (los vietnamitas son duros de roer cuando negocian!) y su esposa nos preparó unos cartones sobre unos banquitos de plástico sobre la barca para que no nos mojáramos. Dimos una vuelta entre las barcas, las cuales vendían de todo: frutas, verduras, ropa, juguetes… Era exactamente como un mercado, pero sobre el río. Una cosa muy bonita. Lo que más me llamó la atención fue que la mayoría de barcas eran llevadas por mujeres. Las barcas pequeñas llevaban snacks y bebidas, y una mujercilla remó hacia nuestra barca y Charlie le pidió un café calentito. Después del paseo, volvimos a la casa del matrimonio, que tenía su propio pantalán, hecho de madera. Le pagamos y luego cogimos nuestra scooter para volver al hotel, ducharnos, e ir a coger el autobús que nos llevó a Dalat.

Llevábamos más de 6 meses en manga corta y con bastante calor (desde Cartagena, luego la Reunión, Mauricio, la India, Kuala Lumpur y Singapur!), así que teníamos ganas de un poco de frío. Dalat es una ciudad de las montañas de Vietnam, donde el aire es fresco y hay que ponerse chaqueta por la noche. Es conocida como la ciudad de las Lunas de Miel, porque es tranquila y agradable. No es la imagen que uno se espera de Vietnam. Incluso durante la guerra, Dalat era el lugar de vacaciones y reposo para todo el mundo: tanto el Gobierno de Saigón como los Oficiales del Vietcong se encontraban aquí con sus familias o sus novias!! Y no me extraña, porque el lugar es precioso. Tiene una magia especial, y es parada obligada cuando se visita este país. Hay una cierta influencia francesa en sus calles, y una arquitectura muy diferente a la del resto de Vietnam. Si miras los tejados de las casas, cualquiera diría que estamos en Alsacia y no en el Sudeste Asiático!

El segundo día en Dalat alquilamos una moto (por 3 euros, todo el día) para ir a ver una cascada y una pagoda que había a 30 kilómetros de la ciudad. Nos perdimos un poco por el camino, pero mereció la pena, porque pasamos por un pueblecito donde nos paramos para comer y luego tomar un café. Comimos en un restaurante-casa, en el que la dueña nos indicó que nos sentáramos. Le hicimos la señal con la mano de “comer”, así que ni nos trajo el menú ni nada: apareció directamente con dos cuencos de “pho”, la sopa de fideos vietnamita por excelencia (con cilantro y carne). Así, ni problemas de idioma ni historias. Comida es, y bien buena.

Continuamos la carretera hasta que por casualidad encontramos la cascada y la pagoda. La cascada no me gustó mucho porque los alrededores estaban un poco sucios, pero la pagoda era preciosa. Se trataba de un lugar que seguía las reglas del feng shui, porque había agua delante (la cascada) y una montaña detrás. Tres budas enormes tranquilizaban el interior, con muchas flores y lamparitas.

Después de todo el día de excursión, volvimos a Dalat para merendar y darnos una vuelta en moto por la ciudad. Luego fuimos al hotel para asearnos un poco y descansar. Fue un día súper guay. François, el papá de Charlélie, tenía razón cuando nos dijo que había que venir a Dalat. Ahora es Dalat la que le espera a él!!

miércoles, 2 de marzo de 2011

Llegada a Vietnam – Ho Chi Minh City (Saigón)


El vuelo desde Kuala Lumpur a Ho Chi Minh City (Saigón) duró sólo 1:55h, pero el paisaje cambia enormemente. Es el cambio de la desarrollada Malasia al menos rico Vietnam. Pero he de decir que estaba bien equivocada en cuanto a la imagen que este país me ha dado nada más llegar: después de preguntar a otros mochileros, me esperaba algo parecido a la India, con caos, suciedad, ruido y anarquía. Y para nada.

Saigón, en el sur de Vietnam, es considerada la capital económica del país. Es una ciudad muy agitada, con miles, millones de motos (de hecho, en todo Vietnam hay 50 millones de motos, es decir, 1 moto por cada 1.7 habitantes – sólo los bebés están sin motorizar!), que circulan en una masa de dos ruedas y que se entrelazan en los cruces. Pero si esto parece una locura durante los primeros minutos, al final te das cuenta de que el tráfico está en realidad bastante organizado (más que nada, porque no hay accidentes!!). Además, como las carreteras están bien asfaltadas y las motos son de buena calidad, no hay un ruido excesivo, o al menos no mucho más que el de todas las ciudades grandes en general. Incluso con sus 7 millones de habitantes, la verdad es que Saigón está bastante limpio, con aceras arregladas por las que se puede caminar sin problemas. Hay un servicio de limpieza público eficiente y terrazas exteriores agradables. Pero lo que más me llama la atención y me encanta de las calles vietnamitas, son los jardines. Todos los jardines públicos y las plantas y flores de las rotondas están maravillosamente conservados, con todos los arbolitos podados de diferentes y delicadas formas. Propongo una ovación a los jardineros públicos de este país, porque eso hace la buena imagen de las ciudades.

Estuvimos en Saigón durante una semana entera. Los tres primeros días no disfruté nada de este nuevo destino porque estuve mala con una gripe rara, causada por la exageración con los aires acondicionados (en el avión KL-Saigón la gente iba con guantes y chaquetón, era literalmente un jodido invierno en la cabina!). Pero el segundo día fui al médico, en el hospital franco-vietnamita de Saigón, que aunque resultó ser algo caro, la atención fue correcta y el seguro de viaje me lo cubre. Nada que no se cure con antibióticos normales. Así que esos primeros días estuve debilucha, sólo saliendo a dar una vuelta no muy lejos del hotel, para que me diera el aire. Ah, el hotel!! El hotelito en el que nos quedamos era súper agradable: en la entrada había una placa como galardón al hotel más limpio de 2009, y la verdad es que bien merecido. No había ni una mota de polvo, los sábanas olían genial, los colchones, nuevos, y lo más importante, un baño impecable. El precio, 14 euros la noche. No se puede pedir más. Está claro que el estándar en Vietnam es mucho más elevado que el de otros países en los que hemos estado. Y es que aquí ponen mucha atención en los pequeños detalles. No sé si es porque primero pasamos por la India, pero me parece que en el Sudeste Asiático la gente tiene más cuidado con la limpieza. Los vietnamitas me han dado la impresión de tener una serie de habitudes para mantenerse constantemente limpios a ellos mismos y a lo que les rodea. Por ejemplo, todos llevan toallitas húmedas en unos pequeños sobres individuales, para lavarse las manos o refrescarse la cara. Luego, la gran mayoría lleva una máscara de tela tipo cirujano cuando van en moto, para no tragarse toda la polución. Las chicas que van en scooter llevan unas medias blancas en las piernas y en los brazos que se ponen sólo cuando conducen, para que la polución no se les pegue a la piel. La gente se quita los zapatos antes de entrar a la casa, para no meter la suciedad que viene de la calle. Los asiáticos en general adoran las cosas que brillan, pero en Vietnam parecen tener pasión por los suelos brillantes como espejos. Y lo realmente importante: en los 9 días que llevo en Vietnam sólo he visto 3 cucarachas vivas y sólo en la calle, una estupenda estadística que espero que continúe!!

Cuando ya me repuse un poco, fuimos de excursión a los túneles de Cu Chi, a una hora de Saigón. Vimos los túneles que los vietnamitas del sur utilizaron durante la guerra con los americanos para esconderse. Había una parte que habían agrandado considerablemente para que los turistas pudieran entrar y saber cómo era moverse por esos túneles. Había que ir a cuatro patas, sin luz, con poco oxígeno y mucho calor. Yo me salí a los 20 metros porque no lo pude soportar. Fue escalofriante pensar que hubo gente que pudo pasar dentro de los túneles, mucho más estrechos, hasta 2 meses enteros, para sobrevivir.

Un par de días después, conocimos a parte de la familia de Charlélie. Ellos eran la parte que se quedó en Vietnam, la mayoría en Saigón, y el resto se separó entre Canadá y Francia. Nos recogieron el sábado por la mañana para llevarnos a un pueblo cerca de Saigón, donde están las tumbas de varios parientes, y también donde está la que fue la casa de la abuela de Charlélie. A pocos kilómetros del lugar, estaba Tan Quy, lugar de nacimiento de Therèse (o mejor dicho, Mỹ, su nombre en vietnamita, porque no la conocen por su nombre francés), la mamá de Charlélie. Luego nos llevaron a ver a una prima de su abuela y después a una amiga de la familia. Fue muy emocionante para Charlie conocer los detalles de sus parientes en Vietnam, gracias a su primo Tai, el único que habla inglés y que hizo de traductor todo el tiempo. Por la noche, nos llevaron a un restaurante súper bonito, donde comimos cosas deliciosas!

Después de cenar nos fuimos a dormir, porque debíamos levantarnos a las 4 de la madrugada para ir al templo de Bà Đen, que está a dos horas y media de Saigón. Es un templo budista enorme que no sale en las guías ni en los viajes organizados, al que sólo van los vietnamitas para rezar y hacer ofrendas. La familia nos llevó en mini-bus para verlo y pasar el día allí. Estaba llenísimo de gente, y todos nos miraban asombrados porque normalmente los occidentales no van ahí!! Alrededor del templo había como una especie de parque de atracciones, montones de sitios para comer y puestecillos de joyas. El templo estaba en una montaña, así que había que subir en teleférico o en una especie de carritos tipo feria que subían por un raíl, como una montaña rusa ligera. Fue muy divertido. Una vez arriba, una humareda de incienso no dejaba ver a más de 5 metros, porque los budistas ponen varios palitos de incienso para rezar. Después de los ruegos de la familia, nos llevaron a beber un té frío y después a otro templo, un poco más pequeño. Este segundo templo era también muy bonito, y con una curiosidad: al lado del templo había una bomba americana sin detonar. El aparato era como un bulbo que medía unos 4 metros de largo y 1 metro de diámetro, y dicen que cuando cayó, Buda protegió el templo para que la bomba no explotara. Y ahí sigue, intacta. Después, la familia nos llevó a comer a un restaurante, donde la mesa para las 12 personas que éramos ya estaba preparada cuando llegamos. De vuelta en Saigón, todos estábamos muy cansados después de un día con tanta actividad, así que fuimos a dormir la siesta para reponer fuerzas.

Los vietnamitas siguen llevando a cabo tradiciones milenarias, pero la sociedad se desarrolla rápidamente. De hecho, el porcentaje de gente viviendo por debajo del umbral de la pobreza era del 58% en 1993, y menos de 20 años después, en 2011, ese porcentaje es del 16%. Vietnam es el país que más ha crecido en los últimos años de toda Asia, que se dice pronto. El país es muy joven, con un sorprendente 65% de la población que tiene menos de 30 años (las masacres de la guerra, amigos). Se palpa en el ambiente que este país va para adelante, con un trabajo duro, constante, bien hecho y cuidando los detalles.

Vietnam tiene el olor a madera vieja lacada y a bambú, mezclando el verde intenso con el rojo burdeos. Este país tiene reflejos con acentos comunistas, músculos hinchados de patriotismo y el silencioso encanto de la seda. Ya desde el inicio de nuestro viaje en esta parte del mundo, me parece un lugar envuelto en misterio y precioso, que necesita mucho tiempo para ser descubierto.